lunes, 28 de octubre de 2013

Títeres

El sábado por la mañana tuvimos la ocasión de ir a ver una obra de títeres a la biblioteca de nuestro barrio.

A Piratilla2 no le hacía mucha gracia lo de quedarse así que estuvo con su padre jugando, escaleras arriba y abajo para asomarse de vez en cuando a ver las marionetas. Parecía que a mitad de representación empezaron a hacerle gracia pero no cuajó.

Piratilla1 sí se quedó y disfrutó mucho de la obra. Participó cantando, gritando, señalando, avisando...

Es curioso las reacciones que observamos en los niños ante una obra de títeres o marionetas. Lo pensaba este fin de semana después de asistir. Al principio de la obra, los actores salieron de detrás del escenario, disfrazados y con la cara muy maquillada, para presentar a dos de los personajes principales que se convertirían en títeres y narrar el comienzo del cuento.

Los más pequeños de la sala se asustaron un poquito pero la voz dulce y suave del bufón que narraba la historia enseguida les atrapó y más aún cuando se convirtieron en pequeñas marionetas.

Los mayores ni pestañeaban, para no perderse nada. Tremendamente participativos y contentos trataban a las marionetas como si de carne y hueso fueran, totalmente inmersos en la aventura.

¿Dónde dejamos esa inocencia y esa imaginación los adultos? a los padres que asistíamos casi hasta nos costaba hacer palmas cuando nos lo pedían. ¿Por qué nos cuesta tanto recuperar esa alegría, esa niñez por un rato, por tan solo una hora, cuando el contexto además nos es tan propicio?

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